—Mañana por la mañana tomo el avión de regreso a casa y presento la demanda de divorcio. Y tú puedes quedarte aquí con tu Olya —le dije a mi esposo el primer día de nuestra luna de miel.
Estaba frente al espejo del dormitorio, probándome un vestido nuevo, cuando Nikita entró y se sentó en el borde de la cama. Llevábamos casados apenas una semana, y yo todavía no me acostumbraba a la idea de que mi vida había cambiado por completo.
—Sasha, tenemos que hablar —dijo, y había un tono desconocido en su voz.

Me di la vuelta. El mismo rostro atractivo, la misma mirada segura. Mamá lo había llamado el candidato perfecto. Papá, una alianza empresarial conveniente.
—Te escucho.
Nikita se frotó las manos y me dedicó esa sonrisa que antes me hacía perder el aliento. Pero ahora me resultaba extraña, como si perteneciera a otra persona.
—¿Recuerdas que dijiste que querías una relación moderna?
Fruncí el ceño. No recordaba nada parecido. Apenas habíamos hablado antes de la boda: unas pocas cenas, una visita a sus padres… Todo había sido rápido y formal.
—¿Qué quieres decir?
—Somos adultos —respondió, casi justificándose—. Personas libres.
Me senté frente a él, sintiendo un frío recorrerme la espalda.
—Habla claro.
Se levantó, caminó hasta la ventana, metió las manos en los bolsillos y dijo:
—Tengo novia. Llevamos tres meses juntos y no pienso dejarla.
El mundo pareció congelarse. Escuchaba el tic-tac del reloj, el viento golpeando el cristal.
—¿Qué acabas de decir?
Se volvió hacia mí, completamente tranquilo.
—Se llama Olya. Sabe que estamos casados. Lo hemos hablado y no tiene ningún problema.
Me puse de pie, las piernas temblorosas.
—¿Mientras planeábamos la boda estabas con otra mujer?
—Sasha, no dramatices. Nuestro matrimonio es un acuerdo entre familias. Lo entiendes.
Se me escapó una risa nerviosa.
—¿Un acuerdo? Tal vez. Pero pensé que al menos intentaríamos construir algo real.
Se encogió de hombros.
—No quiero mentirte. Amo a otra persona y no voy a cambiar nada.
—¿Y me lo dices así, sin más?
—Mejor ahora que después.
—¿Y qué se supone que pase ahora?
—Tu padre nos regaló un viaje a Turquía —dijo Nikita—. Quiero que Olya venga con nosotros.
Sentí que todo me daba vueltas.
—¿Quieres traer a tu novia a nuestra luna de miel?
—No la llames amante. Olya es mi otra mitad. Y esto es solo un viaje.
—Nikita… ¿te has vuelto loco?
Suspiró con fastidio.
—Seamos realistas. Nos casamos por negocios. Nadie prometió sentimientos. En público somos la pareja perfecta; en privado, cada uno vive su vida.
—¿Y cómo imaginas eso? ¿Los tres desayunando juntos en el hotel?
—Le reservé otra habitación. Llegará más tarde.
Ya no reconocía al hombre con el que me había casado.
—¿De verdad crees que esto es normal?
—Es honesto —respondió con calma—. Podría habértelo ocultado.
—Qué noble —murmuré con amargura.
Se encogió de hombros y salió de la habitación, dejándome paralizada.
Esa noche llamé a Katya, mi mejor amiga.
—¿Qué tal la vida de recién casada? —rió.
—Katya… es un desastre.
Le conté todo.
—¿De verdad dijo eso? —no podía creerlo.
—Sí. Y estaba completamente tranquilo.
—Sasha, esto es absurdo. No puedes vivir así.
—Tal vez tenga razón —susurré—. Nuestro matrimonio es un trato.
—Un trato no significa humillación. Quiere que lo aceptes sin más. Ni se te ocurra.
—¿Qué hago?
—Ve al viaje —dijo—. Pero lleva a un hombre contigo.
—¿Qué?
—Que entienda que no eres un juguete.
Sonaba a locura. Pero, de alguna manera, también sonaba justo.
A la mañana siguiente observé cómo Nikita tomaba su café como si nada hubiera pasado.
—¿Ya lo pensaste? —preguntó sin mirarme.
—Sí.
—¿Y?
—Está bien. Trae a tu Olya.
Sonrió, satisfecho.
—Me alegra que seas una mujer sensata.
—Pero con una condición —añadí—. Yo también llevaré a un hombre.
Se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Justo es justo.
—No es lo mismo.
—¿Por qué no? Tú mismo dijiste que cada uno vive su propia vida.
Apretó la mandíbula.
—¿Estás bromeando?
—No. Y mi acompañante ya aceptó.
Era mentira. Pero él no tenía por qué saberlo.
Nikita se levantó de golpe.
—Perfecto —espetó—. Entonces nos relajaremos todos juntos.
Cerró la puerta de un portazo, y yo me quedé allí con las manos temblando.
Esa noche llamé a Igor, un antiguo compañero de la universidad.
—¡Hola, Sasha! —contestó.
—Hola. Tengo una petición extraña.
Le conté todo, de forma atropellada pero sincera.
Guardó silencio un momento y luego dijo:
—¿Quieres que finja ser tu novio?
—Sí.
—¿Cuándo vuelan?
—Pasado mañana.
—De acuerdo. Te ayudaré. Pero tendrás que contarme todo, sin secretos.
—Lo prometo.
—Entonces mándame los detalles. Nos vemos en el aeropuerto.
Cuando colgué, miré el anillo en mi dedo. Una semana atrás creía haber encontrado estabilidad. Qué equivocada estaba.
En el aeropuerto, Igor me esperaba junto a una cafetería, tranquilo y seguro, con su habitual chaqueta de mezclilla.
—Hola —dije.
—Hola. ¿Lista para la aventura?
—No lo sé.
Al acercarnos al mostrador de facturación, vi a Nikita. En cuanto vio a Igor, su expresión cambió.
—¿Es tu amigo? —preguntó.
—Sí. Te presento a Igor.
Los hombres se estrecharon la mano.
Y entonces apareció ella: Olya. Una rubia delgada, con una sonrisa ensayada.
—¡Nikita, hola! —dijo, besándolo en la mejilla.
Sentí la mano de Igor apretar la mía.
—Tú debes de ser Sasha —dijo Olya con voz dulce—. ¡Nikita me ha hablado tanto de ti!
—Seguro que no todo —respondí con frialdad—. Encantada.
Ella vaciló.
—Yo pensaba… que estaríamos todos juntos…
—Lo sé —asentí—. Por eso no vine sola.
Olya miró a Igor, sonrojándose y dando un paso atrás.
Nikita la tomó del brazo en silencio.
—Vamos. Facturemos el equipaje.
Se alejaron.
—¿Estás bien? —preguntó Igor.
—Por ahora sí. Gracias por estar aquí.
En el avión nos sentamos en la parte delantera. Nikita y Olya quedaron unas filas detrás.
—Si te sientes incómoda en el hotel, puedo pedir otra habitación —susurró Igor.
—No. Quiero que vea que no tengo miedo.
Igor asintió.
—Trato hecho.
El hotel era lujoso: edificios blancos, palmeras, el mar extendiéndose hasta el horizonte. Nuestra habitación tenía dos camas y un amplio balcón.
—Mira ese atardecer —dijo Igor.
Salí al balcón. El cielo estaba teñido de rosa y dorado.
—Gracias por aceptar todo esto.
—Siempre pensé que te tomabas a la gente demasiado en serio —respondió—. Pero mereces algo mejor.
Sonreí levemente.
—Y mi padre cree que debería sentirme agradecida por un matrimonio así.
—Entonces que tu padre intente vivir con un yerno tan “ideal” —dijo Igor.
Reí por primera vez en días.
—Tal vez esto sea realmente el comienzo de algo nuevo —murmuré, mirando el mar.
—Solo si tú quieres que lo sea —respondió él.
Gemini said
La primera cena en el hotel fue un despliegue de hipocresía que ni el mejor guionista de telenovelas habría podido imaginar. Estábamos sentados en una mesa redonda frente al mar: Nikita y Olya de un lado, Igor y yo del otro. El aire olía a salitre y a perfume caro, pero para mí, el ambiente estaba cargado de electricidad estática.
Nikita no dejaba de mirar a Igor. No era una mirada de celos románticos —él ya había dejado claro que no me amaba—, sino una de orgullo herido. Para un hombre como él, el matrimonio era un contrato, pero que su “socia” hubiera traído un reemplazo tan rápido era un golpe directo a su narcisismo.
—Y dime, Igor —comenzó Nikita, cortando su filete con una precisión quirúrgica—, ¿a qué te dedicas exactamente? Sasha nunca mencionó que tuviera amigos tan cercanos.
Igor, que estaba actuando con una naturalidad asombrosa, dejó su copa de vino y sonrió.
—Soy arquitecto paisajista. Diseño espacios donde la gente pueda sentirse libre, sin muros innecesarios. Sasha y yo siempre tuvimos una conexión especial en la universidad, ¿verdad, Sasha?
Me tomó de la mano sobre la mesa. Sentí el calor de su palma y, por un segundo, olvidé que todo esto era un teatro.
—Sí —respondí, sosteniéndole la mirada a Nikita—. Igor siempre supo escuchar lo que yo no decía. Algo que en mi familia nunca fue una prioridad.
Olya, que hasta entonces se había dedicado a juguetear con su ensalada, soltó una risita aguda.
—¡Qué romántico! Nikita también es un gran oyente. Por eso nos entendemos tan bien. Él dice que la honestidad es la base de todo. Por eso estamos aquí, ¿no? Para no tener secretos.
Miré a Olya. Era joven, quizá un par de años menor que yo. Parecía convencida de que su “amor prohibido” era una especie de rebelión valiente, cuando en realidad solo era la beneficiaria de una traición cobarde.
—La honestidad sin respeto es solo crueldad, Olya —dije con calma—. Pero supongo que cada uno tiene su definición de valores.
El resto de la cena transcurrió entre silencios incómodos y comentarios forzados sobre el clima. Al terminar, Nikita se levantó bruscamente.
—Olya y yo vamos a caminar por la playa. Sasha, nos vemos mañana en el desayuno.
—No cuentes con eso —dijo Igor antes de que yo pudiera abrir la boca—. Mañana tenemos planeada una excursión temprano a las ruinas. Queremos aprovechar el tiempo a solas.
Nikita apretó la mandíbula tanto que creí que se le rompería un diente. Se dio la vuelta sin decir palabra, arrastrando a Olya del brazo.
Cuando subimos a la habitación, la adrenalina comenzó a bajar, dejando paso a una tristeza pesada. Me senté en el balcón, mirando la luna reflejada en el agua. Igor salió poco después con dos vasos de agua.
—Lo hiciste muy bien —dijo, entregándome uno—. Nikita está fuera de sus casillas.
—¿De qué sirve, Igor? —suspiré—. Mañana, pasado mañana, la semana que viene… seguiré casada con él. Mis padres se pondrán furiosos si pido el divorcio. Dirán que arruino los negocios de la familia, que soy una caprichosa.
Igor se apoyó en la barandilla, mirando hacia la oscuridad.
—Sasha, mírame.
Lo hice. Sus ojos eran sinceros, sin el brillo frío que siempre veía en Nikita.
—Tu vida no es una moneda de cambio para los negocios de tu padre. Nikita te ha humillado de la forma más pública posible. Si te quedas, le estás diciendo que su falta de respeto es aceptable. ¿Quieres despertar dentro de diez años siendo la “esposa oficial” mientras él mantiene a su Olya en un apartamento pagado con tu dinero?
Sus palabras fueron como bofetadas de realidad. Tenía razón. El “acuerdo moderno” de Nikita era en realidad una prisión de seda donde yo era la única que perdía.
—No puedo esperar a que termine el viaje —susurré—. Quiero irme ahora.
—No —dijo Igor con firmeza—. No les des el gusto de huir. Disfruta estos días. Hazle ver que no te importa lo que haga. Y el último día, cuando aterricemos, le entregas los papeles. Sé fuerte, Sasha. Yo estoy aquí.
Los siguientes tres días fueron una guerra de nervios. Nikita intentó varias veces “marcar territorio”. Venía a nuestra habitación con excusas tontas —que si necesitaba un cargador, que si quería hablar de unos papeles del banco— solo para encontrarse a Igor sin camisa, leyendo tranquilamente en la cama, o a nosotros dos riendo mientras planeábamos la siguiente cena.
Lo que Nikita no esperaba era que Olya empezara a cansarse. Ella había venido esperando una aventura glamorosa, pero se encontró en medio de una tensión insoportable. Además, ver a Igor —atractivo, atento y relajado— parecía haber despertado en ella una envidia mal disimulada.
El cuarto día, bajé a la piscina sola mientras Igor hacía unas llamadas de trabajo. Nikita apareció de la nada y se sentó en la tumbona de al lado.
—¿Hasta cuándo vas a seguir con esta farsa? —preguntó sin preámbulos.
—¿Farsa? —me quité las gafas de sol—. Creí que estábamos viviendo nuestra “vida moderna”, Nikita. ¿No es esto lo que querías?
—Igor no es tu tipo. Sé que lo estás usando para vengarte.
—Incluso si fuera así, ¿no es eso lo que tú haces? Usas a Olya para llenar el vacío de un matrimonio que no te atreviste a rechazar. La diferencia es que Igor me trata como a una persona, no como a un activo financiero.
—Sasha, mi padre y el tuyo están cerrando la fusión de las constructoras. Si haces una estupidez, los hundirás a ambos.
—Entonces debiste haber pensado en eso antes de invitar a tu amante a nuestra luna de miel —me puse de pie—. Mi abogado recibirá instrucciones mías en cuanto lleguemos.
—¡No te atreverás! —siseó él, poniéndose de pie también.
En ese momento, Olya se acercó. Tenía los ojos rojos, como si hubiera estado llorando.
—Nikita, quiero irme a casa —dijo con voz quebrada—. Esto es horrible. Todo el mundo nos mira. La gente del hotel cree que somos… que esto es un lío sucio. Y Sasha e Igor parecen… parecen felices. Nosotros solo estamos peleando.
Nikita la miró con desprecio.
—Cállate, Olya. No es el momento.
—¿Ves? —le dije a Nikita—. Ni siquiera puedes hacer feliz a la mujer por la que destruiste nuestro matrimonio.
Me di la vuelta y regresé a la habitación. Al entrar, vi a Igor cerrando su maleta.
—¿Qué pasa? —pregunté asustada.
—He adelantado los vuelos, Sasha —dijo con una sonrisa decidida—. No hay razón para esperar tres días más. Ya has visto lo que tenías que ver. Ya has tomado tu decisión. Vámonos ahora, mientras ellos están en la piscina discutiendo.
—¿Ahora mismo?
—Ahora mismo. Dejamos una nota, tomamos un taxi al aeropuerto y mañana estarás en casa de tus padres explicándoles que el contrato se ha cancelado por incumplimiento de honor.
Sentí un peso levantarse de mis hombros.
Escribí la nota en el papel con el membrete del hotel. Fue corta, precisa y devastadora.
“Nikita: Me pediste honestidad, así que aquí la tienes. No estoy hecha para relaciones modernas que se basan en la falta de respeto. Mañana por la mañana tomo el avión de regreso a casa y presento la demanda de divorcio. Y tú puedes quedarte aquí con tu Olya. Espero que el precio de tu libertad no sea más alto de lo que puedes pagar. Sasha.”
Dejamos la nota en la recepción para que se la entregaran durante la cena.
El trayecto al aeropuerto fue silencioso. Miraba por la ventana del taxi las luces de Turquía desapareciendo. A mi lado, Igor me tomó de la mano, pero esta vez no había nadie mirando. No era para Nikita. Era para mí.
—¿Estás asustada? —preguntó.
—Un poco. Mi padre se pondrá furioso.
—Que se ponga furioso. Tú tienes talento, tienes tu carrera y ahora tienes algo que Nikita nunca tendrá: dignidad. Y si necesitas un abogado que no se deje intimidar por tu familia, conozco al mejor.
Llegamos al aeropuerto a medianoche. Mientras esperábamos en la puerta de embarque, sentí una paz que no había sentido en meses. El anillo de diamantes, ese círculo de compromiso que se había convertido en una esposa de hierro, ya no estaba en mi dedo. Lo había dejado en la mesa de noche del hotel, junto a la nota.
—Igor —dije, apoyando mi cabeza en su hombro—, gracias por salvarme.
—No te salvé yo, Sasha —respondió él suavemente—. Tú solo necesitabas a alguien que sostuviera el espejo para que vieras quién eres realmente.
El avión despegó al amanecer. Mientras sobrevolábamos el mar, vi el sol salir, tiñendo las nubes de un rojo intenso. Era el primer día de mi nueva vida. No sabía qué pasaría al aterrizar, ni cuántas batallas legales tendría que luchar contra Nikita y mi propia familia, pero una cosa era segura: nunca más volvería a ser el “trato” de nadie.
Cuando aterrizamos, encendí mi teléfono. Tenía cincuenta llamadas perdidas de Nikita y diez de mi padre.
Sonreí, borré las notificaciones y caminé hacia la salida. Afuera, el aire de casa se sentía frío, pero por primera vez, era un aire que yo podía respirar con total libertad.