La revelación cayó sobre la habitación como un mazo de hielo. Las palabras de la mujer de la pantalla destrozaron los últimos fragmentos de la realidad que yo creía conocer. No era Valerie Ross. Nunca lo había sido. Era Lucy Sterling, una heredera atrapada en una red de monstruos que habían coreografiado cada segundo de mi existencia adulta.
El silencio que siguió fue denso, casi eléctrico. Durante una fracción de segundo, Marcus y Eleanor se quedaron petrificados, mirando alternativamente la pantalla y mis ojos abiertos. Esa parálisis fue mi única ventaja.
No esperé a que reaccionaran. El bolígrafo que Marcus había colocado entre mis dedos se convirtió en mi primera arma. Con toda la fuerza acumulada por el terror y la adrenalina, clavé la punta metálica directamente en el dorso de su mano derecha.
Marcus soltó un alarido de dolor puramente animal. El bolígrafo atravesó la carne y la sangre salpicó los documentos de la transferencia de la herencia.
—¡Maldita perra! —rugió, retrocediendo y sujetándose la muñeca ensangrentada.
Eleanor, reaccionando con una frialdad espantosa, se lanzó hacia mí para inmovilizarme. A pesar de su edad, sus manos tenían la fuerza de un carcelero. Me agarró del cabello y me tiró hacia atrás contra la camilla, intentando presionar un pañuelo impregnado de un olor químico dulzón contra mi rostro.
—¡Marcus, la jeringa! —gritó ella—. ¡Ponle la dosis final ahora mismo!
El pánico me dio una fuerza que no sabía que poseía. Grité, un sonido desgarrador que venía desde el fondo de mis recuerdos enterrados, y levanté las piernas, pateando con desesperación. Uno de mis talones impactó de lleno en el pecho de Eleanor. El golpe la mandó hacia atrás, haciéndola tropezar con la mesa de metal. Los frascos de vidrio, las carpetas y los instrumentos quirúrgicos cayeron al suelo con un estrépito ensordecedor.
Desde la pantalla, la mujer de las cicatrices gritaba desesperada: —¡Huye, Lucy! ¡La policía ya está en camino! ¡Les di la dirección de la cabaña oculta! ¡Huye!
Marcus, con los ojos inyectados en sangre y la mano chorreando bondadosamente sobre el suelo blanco, tomó una jeringa precargada de una vitrina que había quedado abierta. Su elegancia habitual había desaparecido; ahora era solo un depredador acorralado.
—No vas a arruinar diez años de trabajo —siseó, avanzando hacia mí con la aguja apuntando a mi cuello.
Me deslicé por el otro lado de la camilla, cayendo torpemente sobre el suelo frío. El efecto residual de los meses de sedación hacía que mis piernas se sintieran como plomo, pero el instinto de supervivencia era más fuerte. Agarré lo primero que mi mano encontró en el suelo: una pesada bandeja de acero inoxidable.
Cuando Marcus se abalanzó sobre la camilla para atraparme, balanceé la bandeja con todas mis fuerzas, impactando directamente contra el lateral de su rostro. El sonido del metal contra su mandíbula fue seco. Marcus se tambaleó, desorientado, y la jeringa voló de sus manos, rompiéndose contra el suelo.
Aproveché esos segundos. Corrí hacia el pasillo estrecho por el que me habían traído. Detrás de mí, escuché los pasos apresurados de Eleanor y los gritos enfurecidos de Marcus ordenándole que me detuviera.
El pasadizo que conectaba el laboratorio subterráneo con nuestro armario parecía interminable en la oscuridad. Entré a trompicones en nuestra habitación, tirando las perchas y los vestidos al suelo para bloquear el acceso. El corazón me golpeaba las costillas como un pájaro enjaulado.
Tenía que salir de la casa.
Crucé la habitación principal y bajé las escaleras a oscuras. La casa que una vez consideré un hogar seguro ahora se sentía como una elaborada celda de aislamiento. Al llegar al vestíbulo principal, busqué desesperadamente las llaves del coche en la mesa de la entrada, pero no estaban. Marcus siempre las guardaba en su chaqueta.
—¡Lucy! —la voz de Eleanor resonó desde lo alto de la escalera. No sonaba asustada; sonaba peligrosamente calmada—. No tienes a dónde ir. No tienes dinero, no tienes coche y, ante el mundo, estás loca. ¿Quién crees que te va a creer?
Tenía razón. Si salía corriendo a la calle en mitad de la noche, en un vecindario residencial aislado, Marcus solo tendría que llamar a la policía y decir que su esposa psiquiátrica había tenido un brote psicótico. Me encerrarían legalmente en un hospital bajo su control, y esta vez, se aseguraría de que Valerie Ross muriera para siempre.
Tenía que esconderme, pero dentro de la casa. Tenía que encontrar el cuaderno negro y los documentos. Necesitaba las pruebas.
Cambié de dirección y me deslicé hacia el despacho de Marcus en la planta baja. Cerré la puerta silenciosamente y pasé el pestillo. Mis ojos se adaptaron rápidamente a la penumbra iluminada solo por la luna que entraba por el ventanal.
Fui directo a su escritorio. Comencé a abrir los cajones con desesperación. En el cajón inferior, oculto bajo una doble cruz de madera, encontré lo que buscaba: una grabadora de voz antigua, varios pasaportes falsos con mi fotografía bajo diferentes nombres, y el cuaderno negro que Marcus había subido del laboratorio en algún momento de la semana pasada.
Puse el cuaderno dentro de mi pijama y guardé la grabadora en el bolsillo. En ese momento, escuché pasos pesados acercándose por el pasillo. Alguien intentó girar el pomo de la puerta del despacho.
—Sé que estás aquí, Valerie… o Lucy, como prefieras que te llame —la voz de Marcus era un susurro ronco detrás de la madera. Podía oírlo respirar con dificultad—. Cometimos un error al subestimar la resistencia de tu memoria. Pero el juego se terminó. Abre la puerta.
No respondí. Me pegué a la pared junto a la ventana. El pestillo de la puerta comenzó a ceder bajo la presión de una palanca. Iba a romperla.
Miré hacia el ventanal. Daba al jardín trasero, que terminaba en un denso bosque. No tenía otra opción. Agarré una pesada lámpara de bronce del escritorio y la estampé contra el cristal. El vidrio se hizo añicos con un ruido ensordecedor que resonó en toda la propiedad. Al mismo tiempo, la puerta del despacho se abrió de golpe, revelando la silueta de Marcus con un revólver en la mano sana.
No lo pensé. Salté por el marco de la ventana rota, ignorando los cristales que me cortaban los pies descalzos y las manos. Caí sobre el césped húmedo y corrí hacia la oscuridad del bosque tan rápido como mis músculos entumecidos me lo permitieron.
—¡Dispárale, Marcus! —escuché el grito de Eleanor desde la ventana.
Un estallido rompió la noche. Una bala impactó en el tronco del árbol justo al lado de mi cabeza, desprendiendo corteza que me golpeó la mejilla. El pánico anuló cualquier sensación de dolor. Me adentré más y más en la espesura, esquivando ramas que me azotaban el rostro.
Corrí durante lo que parecieron horas, guiada solo por la adrenalina y el tenue resplandor de la luna. Detrás de mí, las luces de las linternas de Marcus y Eleanor cortaban la niebla del bosque. Conocían este terreno mejor que yo; yo apenas había salido de la casa en dos años.
Finalmente, mis piernas fallaron. Tropecé con una raíz expuesta y caí rodando por una pequeña pendiente, golpeándome contra las rocas hasta quedar atrapada en una zanja cubierta de hojas secas. Me quedé completamente inmóvil, conteniendo la respiración, con el cuaderno negro fuertemente presionado contra mi pecho.
A los pocos minutos, vi la luz de la linterna de Marcus pasar a solo unos metros por encima de mí.
—Sé que estás cerca —dijo él, su voz distorsionada por la fatiga y la rabia—. No puedes sobrevivir sola. Tu cerebro necesita la dosis. En veinticuatro horas empezarás alucinar. Tu mente colapsará sin el estabilizador. Déjame ayudarte.
Mentira. Todo era una maldita mentira para hacerme volver.
Permanecí en la zanja, congelada, hasta que las luces de las linternas comenzaron a alejarse hacia el norte del bosque. Cuando el silencio volvió a reinar, me permití llorar en silencio, tragándome los sollozos para no hacer ruido.
Saqué la grabadora del bolsillo y, con manos temblorosas, presioné el botón de reproducción en el volumen más bajo posible. Una grabación vieja comenzó a reproducirse. Era la voz de Marcus, pero años atrás: “El sujeto 1, Lucy Sterling, ha sido aislado con éxito tras el accidente provocado. La amnesia retrógrada es total. Procederemos a la implantación de la falsa identidad ‘Valerie Ross’. El control farmacológico diario garantizará la docilidad hasta que cumpla la edad legal para reclamar el fideicomiso de los Sterling.”
Las lágrimas corrieron libres por mis mejillas. No estaba loca. Mi vida entera había sido un experimento, un fraude financiero y humano perfectamente orquestado.
De repente, a lo lejos, el eco de unas sirenas rompió la quietud de la noche. Luces azules y rojas comenzaron a destellar a través de las copas de los árboles, provenientes de la dirección de la casa. La mujer de las cicatrices no había mentido. La policía estaba allí.
Reuniendo las últimas fuerzas que me quedaban, salí de la zanja y comencé a caminar de regreso hacia las luces de las patrullas, cojeando, sangrando, pero con la mente más clara que nunca.
Cuando salí del límite del bosque, varios agentes de policía me rodearon con las armas en alto, gritando órdenes. Me desplomé sobre mis rodillas en el césped delantero de la casa, levantando las manos. En una de ellas sostenía el cuaderno negro; en la otra, la grabadora.
—Me llamo Lucy Sterling —grité con toda la voz que pude reunir—. Y el hombre que está ahí dentro intentó matarme.
Un detective se acercó corriendo, cubriéndome con una manta mientras otros agentes entraban a la fuerza en la casa. Minutos después, Marcus y Eleanor salieron esposados. Marcus me miró con un odio puro, pero yo no bajé la mirada. Por primera vez en dos años, no sentí miedo.
Mientras me subían a la ambulancia, una mujer con el rostro cubierto de cicatrices se bajó de un coche de la policía federal y corrió hacia mí. Los agentes intentaron detenerla, pero ella mostró una placa. Al llegar a la puerta de la ambulancia, me miró con ojos llenos de lágrimas del revés.
—Lucy… —susurró—. Soy Sarah. Tu tía. Te he estado buscando durante diez años. Tu madre me protegió antes de que el padre de Marcus la asesinara para quedarse con el control de la farmacéutica de tu familia. Pensé que te había perdido para siempre.
La miré, y aunque mi mente dañada por las drogas aún no podía recordar su rostro con claridad, mi corazón reconoció la calidez de su voz. Era la voz de la grabación. La voz que me había despertado de la pesadilla.
Le tendí el cuaderno negro y la grabadora.
—Valerie Ross ha muerto esta noche —le dije, esbozando una débil pero firme sonrisa—. Pero Lucy Sterling está de regreso. Y ahora, ellos van a pagar.