
Uno llevaba una capa hecha con una toalla roja.
El otro sostenía una cuchara de madera como si fuera una espada.
Elena rugió de manera exagerada, agitando los brazos con los guantes amarillos.
—¡Nunca podrán vencer al dragón de la Montaña del Jabón!
Los niños estallaron en carcajadas.
Nico saltó sobre el estómago de Elena.
—¡Ataca!
—¡Ay! —gritó ella con teatralidad—. ¡El caballero Nico me ha herido!
Roberto se quedó inmóvil en la puerta.
Su casa.
Su sala impecable.
Su alfombra beige importada de Italia.
Convertida en un campo de batalla imaginario.
Pero lo que lo dejó completamente desconcertado no fue el desorden.
Fue la risa.
La risa de sus hijos.
Una risa que no escuchaba desde hacía más de un año.
Desde antes de que su esposa muriera.
Elena siguió con el juego.
—¡El dragón tiene hambre! —rugió—. ¡Necesita… cosquillas mágicas!
Los niños gritaron.
—¡No!
Pero ya era tarde.
Elena se incorporó y comenzó a hacerles cosquillas.
Las carcajadas llenaron la habitación.
Roberto sintió algo extraño en el pecho.
Algo incómodo.
Porque aquella escena rompía todas las reglas que él había impuesto en la casa.
No correr.
No gritar.
No jugar en la sala.
La casa debía permanecer tranquila.
Ordenada.
Respetuosa con el luto.
Pero mientras miraba a sus hijos…
entendió algo que nunca había considerado.
Los niños no necesitaban silencio.
Necesitaban **vida**.
De repente Nico levantó la mirada.
Y lo vio.
—¡Papá!
Elena se quedó congelada.
Los guantes amarillos aún en el aire.
Giró lentamente la cabeza.
Sus ojos se abrieron con horror.
—Señor Roberto…
Los niños corrieron hacia él.
—¡Papá, papá! ¡El dragón casi nos gana!
Roberto no respondió.
Observaba la escena.
Los juguetes improvisados.
Las almohadas tiradas.
Elena de pie en medio de la sala, nerviosa.
—Señor —dijo ella rápidamente—. Yo puedo explicarlo.
Silencio.
—Yo… solo estaba tratando de que se distrajeran un poco…
Roberto caminó lentamente hacia el centro de la sala.
Elena tragó saliva.
—Sé que la casa tiene reglas —continuó ella— pero los niños…
Se detuvo.
Los gemelos miraban a su padre con expectación.
Roberto se agachó frente a ellos.
—¿Les gusta este juego?
Los niños asintieron con entusiasmo.
—¡Sí!
—¡El dragón es el mejor!
Roberto levantó la mirada hacia Elena.
Ella parecía preparada para ser despedida en cualquier momento.
—Gertrudis me dijo que hacías cosas raras —dijo Roberto con voz tranquila.
Elena bajó la mirada.
—Si cree que no soy apropiada para la casa, lo entiendo.
Los niños se pusieron tensos.
—Papá… —murmuró Nico.
Roberto miró a sus hijos.
Sus mejillas estaban rojas.
Sus ojos brillaban.
Estaban **felices**.
Algo que no había visto en mucho tiempo.
Se levantó lentamente.
Y dijo algo que nadie esperaba.
—Gertrudis está despedida.
Elena parpadeó.
—¿Qué?
Roberto continuó con calma.
—Lleva meses diciéndome que mis hijos necesitaban disciplina.
Miró a los gemelos.
—Pero parece que lo que necesitaban era un dragón.
Los niños comenzaron a saltar.
—¡Sí!
Elena no sabía si reír o llorar.
—Señor… yo…
Roberto levantó una mano.
—Hay una condición.
Elena se tensó.
—¿Cuál?
Roberto miró la sala.
Luego tomó una almohada del sofá.
Se la lanzó suavemente a Santi.
—Que me enseñes a jugar también.
El silencio duró un segundo.
Luego Nico gritó:
—¡Papá contra el dragón!
La batalla comenzó.
Almohadas volando.
Risas.
Gritos.
Y en medio de todo, Roberto se encontró riendo por primera vez desde la muerte de su esposa.
Mientras Elena observaba la escena, comprendió algo que Don Roberto aún no sabía poner en palabras.
Aquella trampa que él había preparado para descubrir a una mala niñera…
había terminado revelando algo mucho más importante.
No era Elena quien había estado haciendo algo extraño.
Era la casa.
Porque durante más de un año…
había olvidado cómo se escuchaba